Las prisiones de Euzkadi: Relato de un prisionero. Memorias de Vicente Gómez García.

Fui dentenido en lo últimos días de Junio de 1936. Las detenciones se hacían en un principio por fuerzas del Orden Público, Seguridad, Asalto y Guardia Civil.

Posteriormente se encargaron de ellos los milicianos, pero ante las tropelías que cometían, se les obligó por el Gobernador a llevar algún representante de la autoridad, perteneciente a las fuerzas antes mencionadas e incluso, Municipales y Carabineros.

A mi me fueron a buscar primeramente dos carabineros con un miliciano y una mujer, según dicen no quiso subir al piso.

No me encontraron aquel día y al fin dieron conmigo un grupo de milicianos con un guardia municipal.

Cuando las detenciones eran efectuadas por milicianos, cosa corriente en los pueblos, eran transladados los detenidos a los domicilios de los partidos de izquierdas, instalados en los antiguos de derechas. Allí se les sometía a interrogatorios acompañados de insultos y malos tratos, propinándose en algunos fuertes palizas, simulacros de paseos y en algunas ocasiones, paseos reales.

Se han dado bastantes casos de asesinatos, inmediatamente después de haber sido detenidas las víctimas, sin transladarlos más que al sitio de la ejecución, carreteras, campos, costa, etc.

Las muertes se efectuaron siempre con armas de fuego, creo que cortas casi siempre. No conozco ningún caso de ferocidad ni canibalismo como en otros lugares de la España roja.

Yo fui transladado en compañia de mi novia en cuya casa nos detuvieron a la Diputacion, donde tenia instaladas las oficinas de Delegado de Orden Publico, Pacho Arregui, del Partido Nacionalista Vasco.

Allí nos hicieron la filiacion politica y nos trasladaron a la Comisaría de Vigilancia y de esta al Cuartelillo de Seguridad, donde quedamos encerrados en sendas celdas. Serían las 12 de la noche y la detención se efectuó entre las 8 y las 9.

Mi novia fue liberada a los pocos días. Yo permanecí 81 (?) días en el Cuartelillo, primero en celda y luego en el sótano general, con unos 800 (?) presos más.

El régimen era el corriente en estos lugares y no hay nada que mencionar de ello. Teníamos la comida de casa o del restaurante “Iruña” por cuenta del “Socorro Blanco” y recibíamos noticias de contrabando en cestas o paquetes, por medio de guardias de derechas.

También se llevaron detenidos a la cárcel de Larrinaga, pero como el número aumentaba, se habilitó un barco el “Altuna Mendi”, que pronto se llenó, custiodiado por Guardias Civiles.

En dicho barco, salvos las incomodidades propias del lugar, unas bodegas, se pasaba bien. No había, ni podía haber régimen carcelario y los guardias eran demasiado benévolos cosa que perjudicó fatalmente a los detenidos por abusar estos demasiado.

Se comía bien, por traer la comida de casa. Había cantina y se podía beber lo que quisiese cada uno.

Un grupo de detenidos, gentes bien de Bilbao, se instalaron lo mejor posible, un poco “aislados” del resto de compañeros de prisión y “lo pasaron bien”, aunque por desgracia fueron asesinados después.

Este buen trato de los presos fué quizás objeto de alguna denuncia de la marinería y se cambió la guardia por milicianos y carabineros, con las trágicas consecuencias que más tarde veremos.

Lleno con exceso el “Altuna Mendi”, acaso unos 500 a 600 detenidos se habilitó el “Cabo Quilates”. Barco mixto de carga y pasaje de emigración, con un “Desplazamiento” de unas 12.000 T. Mejor barco que el “Altuna Mendi”, limpio por estar en reparaciones pero de más funestos resultados como veremos.

El día 25 debió llegar la primera expedición, de presos al “Cabo Quilates”, procedentes de Larrinaga y el 28 llegué yo en la segunda: primera que salió del Cuartelillo.

El traslado se hizo en autobuses acompañados por Guardias de Asalto el que fue a mi lado había estado luchando en San Sebastián en los días del Alzamiento.

Llegamos al embarcadero de Erandio a las 5 de la tarde, donde por cierto resbalé y caí con mi “petate” a cuestas, sin sufrir deño alguno.

Una gasolinera nos trasladó al barco. Subimos a la cubierta de Popa y allí, una vez depositados los “equipajes” para su registro, fuimos formados y cacheados entre los insultos de rigor.

Yo lo fui por un tal Muela, ejecutado en garrote en este año de 1938.

Nada me quitó a pesar de llevar unos cigarros que me enviaron de regalo, no sé quién, al Cuartelilo y como yo no fumo, en el barco se los regalé a los amigos vecinos.

La primera expedición había sido alojada en la Bodega 8 (?) de Proa y nosotros lo fuimos en la 1 también de Proa. Una vez dentro de la Bodega, colocados en hilera junto a la pared aguardamos algún tiempo, mientras nos vigilaban pistola en mano, algunos milicianos.
Nos trajeron para cena una gaveta con algún resto de alubias rojas, rancho sobrante de los vecinos de la bodega 2, pero carecíamos todos de plato y muchos de cucharas, así que optamos por no cenar. Tampoco nos dieron petates para dormir, hasta el día siguiente, así que aquella noche lo hicimos sobre la chapa, envueltos en la manta que llevábamos.

Al fin y al cabo no tenía importancia ya que en el cuartelillo dormíamos sobre papeles por no estar permitidos los colchones y tener un suelo húmedo.

Yo me instalé con unos amigos, debajo de las escaleras de bajada con el fin de estar menos a la vista de los milicianos que entraran.

Aquella misma noche llamaron a “declarar” a algunos. La “declaración” consistía en preguntarle a uno por las armas o por directivos o gentes destacadas y darle unas bofetadas o golpes.

Yo fui convocado para la mañana por el Muela; pregunté a un interrogado si daban fuerte, contestándome que sólo un poco, a él ya se le notaba en la cara pero no mucho.

A las 6 de la mañana vino a despertarme el Muela, para que junto con otros compañeros baldeasemos el barco, con lo que nos empapamos bien de agua.

Después del desayuno, me llamó a cubierta y allí se limitó a preguntarme tras mi filiación política por algunos amigos míos a quien él había servido. Le contesté que pertenecía a AP y que no sabía nada de aquellos por estar hace tiempo detenido (afortunadamente estaban en el “Atuna Mendi”, pues muchos crímenes se han hecho por resentimientos o causas privadas) y después de contarme las causas de su enemistad hacia mis amigos, por haberle despachado de un almacén, terminó mi interrogatorio, sin “consecuencias” gracias a Dios.

Las bodegas en que estábamos, eran las inmediatas a la cubierta y a ellas se bajaba, por una escalera de madera. Durante el día, se tenían recogidos los petates (sacos de paja o colchones si se querían traer de casa, almohadas y mantas), de noche se extendían ocupando completamente el suelo pues éramos en la bodega 1, unos 150 por ser la más pequeña.

La bodega 2 tendría unos 200, la 3 de popa ocupada más tarde por otros tantos. La 4 de popa estuvo vacía hasta el día 25 de septiembre.

La escotilla se cerraba con los cuarteles, cubiertos con lonas, quedando en forma de tronera, la entrada a la escalera. Como este cierre no era perfecto, si llovía entraba agua.

Se alumbraban con bombillas durante la noche. Frente a las escaleras de las bodegas contiguas, estaban los retretes, una especie de cajones de madera, en los que no se cabía de pie y en cuyo suelo estaba el retrete, montados sobre la borda, para verterlo al mar.

Se cerraban por delante con una lona, a modo de cortina y se subía a ellos por dos tablones, en forma de escalera.

Casi junto al retrete había dos barricas que se llenaban de agua, que se sacaba allí mismo con una polea, de ellas se sacaba un cubo de agua que se tiraba sobre el retrete, en sustitución de la “cadena” y también en ellos se limpiaban los platos de la comida o se sacaba el agua para lavarse; en unos lavabos una especie de mesa larga con palanganas empotradas en ella con su válvula correspondiente para vaciarlas sobre la cubierta.

Junto a nuestro barco, fondeado en la dársena de Altos Hornos en Baracaldo, amarró el “Aranzazu Mendi”, con los presos y las presas de San Sebastián que fueron traidos hasta Portugalete en el “Bizcargi Mendi”. En él venían milicianos para cuidar a las presas.

Yo presencié desde la cubierta de nuestro barco, su llegada; por cierto que en el puntal de proa venía una miliciana con buzo.

Entre los milicianos de nuestro barco hubo gran alborozo asegurándonos que venían incluso moros, cosa completamente falsa. En dicho barco no hubo agresiones a los presos, no permitiéndose la entrada en él a los asaltantes del nuestro el día 25, pero el trato ordinario era peor ya que casi no comían en un principio y cuando abandonaron el barco estaban plagados de miseria.

La vida de los presos en el “Cabo Quilates” era la siguiente: a las 6 de la mañana bajaban a buscar a los escogidos para baldear el barco. A las 7 tocaban a levantarse; se recogía el petate y mientras unos se lavaban en cubierta, otros limpiaban la bodega. De 8 a 8 ½ recuento y a continuación el desayuno, una especie de café con leche (?) condensada y el ceneque de pan negro. A las 10 relevo de guardia y recuento otra vez. Después llamaban a picar a algunos, que tanto para esta operación como para el baldeo u otros servicios, solían ser los “amigos” de la milicianada o personas más o menos distinguidas. El “picado” consistía en martillear la cubierta, sentado en ella a pleno sol.

Era molesto para el que lo hace pero para el que está debajo, que éramos los demás, produce un ruido infernal, bastante desagradable, sobretodo después de comer, cuando podía uno dormir.

A las 12 el rancho: garbanzos con arroz, tocino y morcilla, todo ello bastante mediano por lo mal hecho y malas calidades. Después un recuento más y algunos días a “picar” de nuevo.

El miliciano León, – ejecutado en garrote en Santander – organizó un “orfeón” con los sacerdotes y religiosos, a los que hacía recorrer las bodegas, cantando en ellas la Internacional, escuchada por los demás presos en pie y puño en alto. De 6 a 7 la cena (igual que la comida) y a las 8 recuento y a la cama.

Estaba prohibido subir a cubierta, necesitando permiso para ir al retrete y haciendo la consiguiente “cola” para el lavabo, recoger el rancho, fregado de platos, etc.

La guardia estaba formada por Carabineros, que eran como la guardia exterior de un presidio, unos 20 mandados por una brigada. Casi todos rojos, viviendo continuamente en el barco.

Como guardianes de prisiones, dos grupos de milicianos, de 30 cada uno se turnaban cada 24 horas con dos oficiales del cuerpo de prisión al frente de ambos, sin más autoridad ni misión, que los puramente administrativos, ya que aquellos no sabían nada de ello.

Recuerdo un Cabo del turno en que predominaban los Nacionalistas de solidarios Vascos, tipo regordete y ojos pequeños y rojizos, que por no saber contar, nunca sacaba bien el recuento; le bautizamos con el nombre de “Pitágoras”.

Cada grupo de de miliiicanos lo mandaban un Sargento y 3 Cabos. Un grupo lo formaban miembros de la U.G.T., C.N.T., Comunistas y Republicanos.

Entre lo milicianos los había de todos los tipos: degenerados, chulos, cobardes, vulgares asesinos, etc., pero había alguno que otro idealistas “dignos” o pobres diablos incapaces de nada. Merecen citarse los tripulantes de barco, algunos tan deseables como los milicianos. Comían muy bien, tres platos con vino en abundancia, y cobraban 10 ptas. diarias más lo que nos robaban.

Un día requisaron el tabaco en puros; otro los encendedores; otro el dinero para abrirnos cartillas… pero hasta hoy sin verlas. De los envías de casa menos mal que sólo se permitía la ropa, nada de comer en absoluto.

El régimen de terror implantado en el barco había cambiado radicalmente el ánimo de los presos en los tiempos del cuartelillo.

Cada unos soportaba el páinco a las palizas o alos tiros, según humor y temperamente de cada uno, pero todos, aunque con fé en Dios y confiando en el triunfo, con ánimo deprimido.

En los primeros días de septiembre, fui llamado para encargarme del botiquín por no haber entre los presos ningún farmacéutico, y en compañía de un médico, Ángel Vicario, y de Perico Aguirre, estudiante de medicina en oficia de practicante, formamos el “trio” sanitario.

El barco tenía nombrado su médico oficial, un tal Pedro, preso en Octubre de 1934 por rojo, que era quien cobraba y nosotros le hacíamos “la visita”.

El botiquín estaba bien instalado, como corresponde a un barco de pasaje, pero sin medicamentos. Hubo que traer de todo. Se pidió al departamento de Sanidad de “Euzkadi”, pero sólo se consiguió alguna que otra cosa y después de mucho tiempo, en vista de los cual se ideó un medio: colectas entre los presos para comprarlo y cuando se terminaba, nueva colecta.

Habían enfermos de todas clases: pulmonías, angina de pecho, tuberculosis, epilepsia, colitis, úlcera, reuma, etc.

Como algunos no podían comer, recuerdo al P. Delgado S.J. que figuraba como maestro, de bastantes años y que no podía admitir ni leche con agua, y quien providencialmente, conseguimos trasladar a la cárcel en un automóvil, después de pasarnos toda una noche con la jeringuiolla y el aceite alcanforado en la mano, digo pues que no pudiendo comer aquel potaje hubo que luchar para que siquiera a los enfermos, les permitieran, que les enviaran leche de sus casas. Accedieron a condición de no pasar de cierta cantidad en total, así que con esto y lo que robaban, había que verse negros para poder darles a todos algo.

A cambio de nuestro trabajo -curas y consultas entre mañana y tarde a las 3 Bodegas, más el reparto de medicinas a “domicilio”, que yo hacía y “la ilustración” de pechos y espaldas de catarrosos, que hacíamos Perico y yo, al acostarse, con nuestro pincel y frasco de tintura de Iodo- nos permitían circular libremente por el barco y comer en la cocina lo que sobraba, un día sí y otro no.

Teníamos que atender también al personal del barco, Carabineros, milicianos y tripulación.

Había también otros “destinos”, pinches de cocina, camareros, etc. servidos por presos conocidos de los milicianos.

Estaba terminantemente prohibido cualquier objeto religioso y en lo cacheos que nos hicieron, nos quitaron cuanto tuviese ese carácter.

El barco como dijimos anteriormente, comenzó a ser ocupado el 25, la segunda expedición, la mía, fué el 28 y la tercera el 31 de Agosto. Hasta ese día sólo hubo que registrar, alguna que otra paliza de menor cuantía.

Creo que el primero que sufrió una regular, fué el Sacerdote Don. Matías Lumbreras, predilecto desde el primer día de los milicianos León y Muela acaso por si pusieron o no por su culpa una multa al primero.

Era hombre joven, alto, fuerte, algo grueso, muy animado y aficionado a hacer “travesuras” en el cuartelillo, donde convivió conmigo en la misma celda, adoraba a su madre.

En el cuartelillo organizó una novena a Ntra. Sra. de Begoña y allá íbamos al departamento del sótano más lejano de la puerta, todos los presos a rezar el rosario. Algunos sin embargo no fueron.

El día de la fiesta nos pusimos al final de la novena a cantar la Salve a grito pelado y unos guardias de Asalto que nos oyeron, bajaron hechos unos fieras, pero no pasó nada, bronca a Don. Matías y compromiso de no hacerlo más (hasta otro día pero bajito).

Llegó al barcon conmigo y juntos lo baldeamos ganándose insultos y algún golpe. Después empezaron los palos, creo que hasta el 25 de Septiembre que lo mataron, salió a paliza diaria soportando todo palos y trabajos que le obligaban a hacer, con mucho ánimo, pero no dejaron de hacerle mella los malos tratos, su estado físico decayó, su cuerpo estaba bien marcado, y hubo día en que casi no se podía mover y no le sentaban las comidas.

Tuve que darle Té con leche cuando pude. Pero él salía enseguida cuando oía su nombre, aún sabiendo lo que le esperaba. Tanto que llegó a impresionar al Muela y últimamente dejó de pegarlo y cuenta este miliciano en el sumario que se le hizo antes de la ejecución, que le pidió perdón y aquel le perdonó.

Yo puedo afirmar que, aunque el respeto debido no se lo tuvo nunca, al menos se interesó por su salud al final y dicen que si el día que lo asesinaron fué por no estar el Muela.

Las palizas solían darlas con trozos de chicotes (amarras del barco) gomas de paredes gruesas y fuertes, porras de las de los guardias y no sé si alguna otra cosa, aparte de los golpes con la mano o la pistola.

Nosotros hemos curado gracias a la ayuda de un milicianos “civilizado” presos con golpes marcados en el cuerpo y alguna mejilla abierta. Habiéndose llegado a dejar muertos o medio muertos algunas a fuerza de palos pues se golpeaban por varios milicianos a la vez.

Por el emplazamiento del Botiquín, sobre la bodega 4, oíamos prefectamente los golpes que en ella les daban, junto con los gritos y lamentaciones de las víctimas.

Alguna vez se hacía correr al preso alrededor del barco y milicianos colocados convenientemente le atizaban al pasar.

En cierta ocasión a uno le colgaron de un chicote con nudo corredizo de forma que para no ahogarse, tenía que sujetarse con las manos, con lo cual, el cuepo que colgaba, quedaba al descubierto para recibir los golpes, pues si se cubría con los brazos, soltándolos de la cuerda, se ahoracaba.

Motivo “oficial” de las palizas, hacer “cantar”, pero el real era satisfacer venganzas personales, ya que no siendo conocido de los milicianos se pasaba desapercibido.

En la expedición que llegó el 31 de Agosto por la mañana, llegó entre los detenidos Don. Gregorio Balparda. Culto abogado muy conocido en Bilbao autor de numerosas obras y de ideas liberales, muy español y enemigo acérrimo del separatismo vasco.

Al suceder en Bilbao el Movimiento y formarse la Junta de Defensa presidida por el Gobernador Echavarria Novoa y formada por representantes de todos los partidos de izquierdas y separatistas, se formó también un tribunal ó asesoría jurídica para hacerse cargo de los detenidos políticos de derechas y cubrir las apariencias cuando se cometían los consabidos asesinatos.

Se ofreció la presidencia de esa asesoría a Balparda, pero como hombre íntegro se negó rotundamente a servir de tapadera o encubridor de vulgares criminales.

Fué detenido y llevado al barco. Puedo asegurar sin temor a equivocarme mucho que se le mandó “recomendado” a los milicianos, ya que estos, gente vulgar de los pueblos de la ría, no tenían por qué conocerle y al pasar lista al grupo en que llegó, le separaron de todos.

Conducidos los demás a las bodegas, se quedó solo en la cubierta, llevaronle a continuación a la Bodega 3, donde fué visitado por León con quien tuvo una discursión, cuyos motivos desconozco, pero cuyo resultado fué que aquel le soltó una bofetada a Balaparda y este se la devolvió rápidamente.

Salió entonces Leon de la Bodega hecho una furia, gritando que le habían pegado y eso a él no se lo hacía nadie y se entrevistó con el “Madriles” sargento de la guardia como ya hemos dicho. A continuación un grupo de milicianos, bajó a la bodega en que se encontraba solo Balparda y atándole a una columna, con unos chicotes del barco, le dieron una paliza monumental, que si no le mató, le dejó exánime ya que un compañero mío, que pelaba patatas, junto a la escotilla de la Bodega, lo vió después atado y con el cuerpo doblado hacia adelante, sin dar muestras de vida.

El “hecho” fué puesto en conocimiento de alguien de Bilbao, autoridades quizá, pues llamaron por telefono y debieron “indicarles” que lo rematasen, bien por haberlo dejado en tan grave estado con la paliza, o bien porque ya estuviese convenida su muerte, el caso es que el “Madriles”, le dijo a Leon que cuando quisiese podía darle a gusto al dedo, contestando aquel que entonces se iba a comer con la parienta.

Por la tarde lleg a eso de las 5 otras expedición y en tan crítico instante

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