“Conducta en los Velorios” leído por Julio Cortázar

De “Historias de Cronopios y Famas” (1962)

Leído por el propio Julio Cortázar.

No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.

En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.

English version

  OUR DEMEANOR AT WAKES

 We don’t go for the anisette, we don’t even go because we’re expected to. You’ll have guessed our reason already we go because we cannot stand the craftier forms of hypocrisy. My oldest second cousin takes it upon herself to ascertain the nature of the bereavement, and if it is genuine, if the weeping is genuine because to weep is the only thing left to men and women to do between the odors of lilies and coffee, then we stay at home and escort them from afar. At the most, my mother drops in for a few minutes to represent the family; we don’t like to superimpose our strange life upon this dialogue with shadow, that would be insolent. But if my cousin’s leisurely investigation discloses the merest suspicion that they’ve set up the machinery of hypocrisy in a covered patio or in the living room, then the family gets into its best duds, waits until the wake is already under way, and goes to present itself, a few at a time, gradually but implacably.

  In the barrio Pacífico, affairs are generally held in a patio with flowerpots and radio music. For these occasions, the neighbors agree to turn off their radios and the only things left are the pots of jasmine and the relatives, alternating along the walls. We arrive separately or in pairs, we greet the relatives of the deceased, you can always tell who they are—they begin to cry almost as soon as anyone walks in the door—and go to pay our last respects to the dear departed, convoyed along by some close relative. One or two hours later, the whole family is in the bereaved house, but although the neighbors know us well, we act as if each of us had come on his own account and we hardly speak among ourselves. Our acts are governed by a precise method by which to select conversational partners with whom one chats in the kitchen, under the orange tree, in the bedrooms, in the hallway, and every once in a while one goes out for a smoke in the patio or into the street, or takes a stroll around the block to air political opinions or talk sports. We don’t spend too much time sounding out the feelings of the closest relatives, small tumblers of cane liquor, sweet mate, and the cigarettes are the bridge to confidences; before midnight arrives we are sure we can move remorselessly. Generally, my younger sister is in charge of the opening skirmish; cleverly placing herself at the foot of the coffin, she covers her eyes with a violet handkerchief and begins to cry, silently at first, but to that incredible point where the handkerchief is sopping wet, then with hiccups and gasping, and finally she sets out upon a terrible attack of wailing which obliges the neighborhood ladies to carry her to the bed prepared for such emergencies where they give her orange water to sniff and console her, meanwhile other ladies from the neighborhood look after the nearby relatives infected by the crisis. For a while there’s a pile-up of folk in the doorway of the room where the loved one lies in state, whispered questions and answers, the neighbors shrugging their shoulders. Exhausted by a force for which they themselves have had to go all out, the relatives diminish their demonstrations of grief, and just at that moment my three girl cousins set off into a weeping without affectation, no loud cries, but so touchingly that the relatives and the neighbors feel envious, they realize that they can’t just sit there resting while strangers from the next block are grieving in such a fashion, again they rise to the general lament, again space must be found on beds, fanning old ladies, loosening belts on convulsed little old men. Usually my brothers and I wait for this moment to make our entrance into the viewing room and we place ourselves together about the coffin. Strange as it may seem we really are grief-stricken; we can never listen to our sisters cry but that an infinite dismay fills our breasts and we remember things from childhood, some fields near the Villa Albertina, a
tram that cheeped taking the curve at the calle General Rodriguez in Ban-field, things like that, always very sad ones. We need only to see the deceased’s crossed hands for a flood of tears to demolish us all at once, compelling us to cover our abashed faces, and we are five men who really cry at wakes, while the relatives desperately gather the breath to match us, feeling that, at whatever cost, they have to make it evident that it’s their wake, that only they have the right to cry like that in this house. But there are few of them and they’re faking (we know that from my oldest second cousin, and it lends us strength). Hiccups and fainting fits accumulate in vain, the closest neighbors back them up with their consolation and considered meditations, it’s useless, carrying or leading them off to rest and recuperate so they can throw themselves renewed back into the struggle. Now my father and elder uncle spell us, there’s something that commands respect in the grief of these old men who’ve come from Humboldt Street, five blocks away if you count from the corner, to keep vigil on the one who has passed away. The more coherent neighbors begin to lose their footing, they finally let the relatives drop and go to the kitchen to drink grappa and comment on the state of affairs; some of the relatives, debilitated by an hour and a half of sustained weeping, are sleeping very loudly. We relieve one another in turns, without giving the impression, however, of anything prearranged; before six in the morning we are the acknowledged masters of the wake, the majority of the neighbors have gone back to their houses to sleep, the relations are lying around in different postures and degrees of bloatedness, dawn falls upon the patio. At that hour my aunts are organizing strong refreshments in the kitchen, we drink boiling coffee, we beam at one another passing in the entryway or the bedrooms; we’re a bit like ants, going and coming, rubbing antennae as we pass. When the hearse arrives the seating arrangements have already been decided, my sisters lead the relatives to take final leave of the deceased before the closing of the coffin, support them and comfort them, while my girl cousins and my brothers push forward to displace them, cutting short the final farewell, and remain alone with the corpse. Exhausted, wandering around displaced, understanding vaguely but incapable of reacting, the relatives let themselves be led and dragged, they drink anything brought to their lips and answer the loving solicitude of my sisters and cousins with vague and inconsistent protests. When the time has come to leave and the house is full of relations and friends, an invisible organization, but with no loopholes, decides every movement, the funeral director respects my father’s instructions, the removal of the coffin is accomplished according to the suggestions of my elder uncle. At one point or another, relatives arriving at the last moment start a querulous and disorderly attempt to regain possession; the neighbors, convinced that everything is proceeding apace, look at them scandalized and make them be quiet. My parents and my uncles install themselves in the first car, my brothers get into the second, and my girl cousins condescend to take one of the closer relatives in the third, in which they settle themselves wrapped in great black or purple shawls. The rest get into whatever car they can, and there are relatives who find themselves obliged to call a taxi. And if some of them, revived by the morning air and the long ride, plot a reconquest at the cemetery, they’re in for bitter disillusion. The coffin has barely arrived at the cemetery gates when my brothers make a circle around the orator picked by the family or friends of the deceased, easily recognizable by his long, sad, funereal, and prepared face and the little roll of paper bulging from his jacket pocket. Reaching out their hands and grabbing him, they soak his lapels with their tears, they clap his shoulders softly with a sound like tapioca pudding, and the orator cannot prevent my youngest uncle from mounting the platform where he opens the speeches with an oration that is the very soul of truth and discretion. It lasts three minutes, it refers solely to the deceased, it marks the limits of his virtues and notes his defects, and there is humanity in every word he says; he is deeply moved, and at times it is difficult for him to quit. He has hardly stepped down when my oldest brother takes to the platform and launches a panegyric on behalf of the neighborhood; meanwhile the neighbor designated to this task tries to get through a crowd of my sisters and cousins who weep buckets and hang onto his vest. An affable but imperious gesture of my father’s mobilizes the funeral-parlor personnel; they set the catafalque softly in motion, and the official orators are still standing at the foot of the platform, mashing their speeches in their wet hands. Normally we don’t bother to conduct the deceased to the vault or sepulcher, but usually make a half turn and exit all together, commenting on the incidents during the wake. We watch from a distance the relatives running desperately to grab hold of one of the ropes holding the coffin and fighting with the neighbors who have meanwhile taken possession of the ropes and prefer to carry it themselves rather than let the relatives carry it.

Matsuo Bashō, Studio Ghibli, Boges, Cortázar y Cris.

Matsuo Bashō (松尾 芭蕉, 1644 – November 28, 1694), born Matsuo Kinsaku (松尾 金作), then Matsuo Chūemon Munefusa (松尾 忠右衛門 宗房), was the most famous poet of the Edo period in Japan

WikipediaMatsuo Bashō

年暮ぬ笠きて草鞋はきながら 

toshi kurenu / kasa kite waraji / hakinagara

another year is gone / a traveler’s shade on my head /straw sandals at my feet

Matsuo Bashō – 1685

He sabido quién era Basho a través de la película de animación de Studio Ghibli Mis vecinos los Yamada (1999).

Después de un viaje a Japón, Borges publicó en su libro La cifra (1981) estos 17 haikus:

Matsuo Bashō, Borges, Cortázar y Studio Ghibli.

Algo me han dicho
la tarde y la montaña.
Ya lo he perdido.

La vasta noche
no es ahora otra cosa
que una fragancia.

¿Es o no es
el sueño que olvidé
antes del alba?

Callan las cuerdas.
La música sabía
lo que yo siento.

Hoy no me alegran
los almendros del huerto.
Son tu recuerdo.

Oscuramente
libros, láminas, llaves
siguen mi suerte.

Desde aquel día
no he movido las piezas
en el tablero.

En el desierto
acontece la aurora.
Alguien lo sabe.

La ociosa espada
sueña con sus batallas.
Otro es mi sueño.

ciruelo-inviernoEl hombre ha muerto.
La barba no lo sabe.
Crecen las uñas.

Esta es la mano
que alguna vez tocaba
tu cabellera.

Bajo el alero
el espejo no copia
más que la luna.

Bajo la luna
la sombra que se alarga
es una sola.

¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?

La luna nueva.
Ella también la mira
desde otra puerta.

Lejos un trino.
El ruiseñor no sabe
que te consuela.

La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido.

Jorge Luis Borges – La Cifra (1981)

Este número 17 coincide curiosamente con el número de las sílabas que componen cada haiku japonés. No está claro si esto es intencionado o si se trata de pura coincidencia. [Nadie Salvo el Crepúsculo.]

Se da también la circunstancia de que el título del poemario póstumo de Julio Cortázar “Salvo el Crepúsculo” proviene de un haiku de Matsuo Bashō (y traducido por Octavio Paz):

Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo.

Hay una reseña estupenda de “Salvo el Crepúsculo” aquí. Este libro incluye los Poemas para Cris, que fueron los primeros poemas de este libro que yo leí (bueno, y de Cortázar en general).

Estos Cinco poemas para Cris son los primeros de una serie de quince dedicados a la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, por quien Cortázar sintió en su momento un gran amor. Un amor imposible, debido a las incompatibles inclinaciones sexuales de ambos, que sin embargo dio lugar a una amistad y a una complicidad indestructibles.

En principio, Cortázar envió a Cristina los poemas por carta, y en julio de 1981, también por carta, le pidió permiso para publicarlos. Aparecieron pocos meses después del fallecimiento del escritor en el libro póstumo Salvo el crepúsculo (1984). Las referencias a Cristina eran bastante claras, pero entonces muy pocos sabían que se trataba de Cristina Peri Rossi.

Nunca tuve una buena relación con esos poemas, aunque considero que son los mejores que escribió, dice Peri Rossi, que narra su amistad con Cortázar en Julio Cortázar y Cris (Editorial Cálamo, 2014).

Nadie Salvo el Crepúsculo

Creo que no te quiero,
que solamente quiero la imposibilidad
tan obvia de quererte
como la mano izquierda
enamorada de ese guante
que vive en la derecha.

(…)

No te voy a cansar con más poemas.
Digamos que te dije
nubes, tijeras, barriletes, lápices,
y acaso alguna vez
te sonreíste.

Poemas para Cris

Lo cual inevitablemente me lleva a preguntarme por la obra de Cristina Peri Rossi, cosa que tendré que dejar para otro momento.

La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco (1960) – Max Aub


Ignacio Jurado Martínez nació en El Cómichi, congregación del municipio de Arizpe, en el estado de Sonora, el 8 de agosto de 1918. Tres años después, la familia bajó al ejido del Paso Real de Bejuco, en el municipio de Rosamorada, en Nayarit. De allí, cuando la mamá enviudó por un “quítame estas pajas”, se trasladaron –eran cinco hijos– a la villa de Yahualica, en Jalisco. Al cumplir los ocho años, Ignacio se largó a Guadalajara donde fue bolero hasta que, a los quince, se descubrió auténtica vocación de mesero. Un lustro después entró a servir en un café de la calle del 5 de Mayo, en la capital de la República.

Sigue leyendo “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco (1960) – Max Aub”

Pixel art & littérature à contraintes: Raquel Meyers, Georges Perec.

Constrained writing is a literary technique in which the writer is bound by some condition that forbids certain things or imposes a pattern.[1]

Constrained Writing – Wikipedia

La littérature à contraintes n’est pas un genre littéraire, c’est le produit de l’utilisation de contraintes artistiques volontaires. La plupart des poèmes à forme fixe relèvent de la littérature à contraintes. Raymond Roussel en a inventé et utilisé de nombreuses formes (Comment j’ai écrit certains de mes livres). L’Oulipo, notamment, en a systématisé l’utilisation.

Littérature à contraintes – Wikipedia

Constraints are used as a means of triggering ideas and inspiration, most notably Perec’s “story-making machine”, which he used in the construction of Life A User’s Manual. As well as established techniques, such as lipograms (Perec’s novel A Void) and palindromes, the group devises new methods, often based on mathematical problems, such as the knight’s tour of the chess-board and permutations.

Oulipo – Wikipedia

Pixel art, constraints literarias y multisites.

Las ventajas de renunciar por completo las servidumbres (y los gozos) de la retórica visual nos permite centrarnos exclusivamente en el contenido y libera el inconsciente: El medio es que el que es, sólo importa el contenido. El virtuosismo visual no es el contenido.

Case & point: La Disparition de Georges Perec.

Se trata de una novela de intriga escrita como un lipograma donde se omite la letra «E», la más frecuente en el idioma francés. Para la traducción de Anagrama se optó a su vez por omitir la letra «A», por ser la más usada en castellano. Esta traducción inevitablemente conllevó alteraciones semánticas, lo que resultó en una novela un tanto distinta de la original.5

La Disparition (El Secuestro) – Wikipedia

Otro ejemplo paradigmático sería “en El Vergel del Edén” de Mamá Ladilla

Previously, at La Bagatela…

En La Bagatela ya tuvimos oportunidad de conocerlo, gracias a Pakito y Los PablosTM. Escribiendo este post cabo de encontrar los resultados, por cierto.

Los días 4, 5 y 6 de marzo del año 2011 se reunieron en un lugar llamado la Bagatela — hoy en día no se sabe bien si se trataba de un café, de una sala de boxeo, de un teatro o de las tres cosas a la vez—, sito en la calle de los Tres Peces, 34, en un barrio de Madrid llamado Lavapiés, una docena de personas, con el motivo de celebrar el quincuagésimo aniversario del OULIPO. 80 días después fueron descubiertos restos literarios de este encuentro. Aquí están reunidos.

La Bagatela ViveObrador de literatura

En todo esto pensaba viendo el último video de Raquel Meyers, creado con medios mínimos y artesanales.

Inattention (2020)

Una Gameboy y un amplificador de lata, sí.

‘Inattention’ is a #Teletext based animation made at the Residency Irudika 2020 and, it was finished in confinement on May 3, 2020, in Angoulême. This project has been possible thanks to the collaboration of Acción Cultural Española, AC/E, Fundación Vital Fundazioa, Fundación BilbaoArte Fundazioa, la Cité internationale de la bande dessinée et de l’image Angoulême & Euskal Irudigileak. + + + + + + + + + + + + Animation_ Raquel Meyers Music_ Hormigón playero + + + + + + + + + + + +

Inattention – YouTube
Art, Animation & Music by Raquel Meyers
(Broken link? Backup here)

¿Pero no vas a hablar de WordPress en este post?

Sí, no temáis. Escribiendo este post me he dado cuenta de que mis últimas charlas también hablan de la importancia de los contenidos y de cómo gestionar restricciones técnicas.

Las “limitaciones” derivadas de que WordPress.com sea un multisite (sin plugins) son en realidad ventajas y fortalezas. Igual que las restricciones formales que se impone el Oulipo.

El título de deseché fue “Nadie hablará de nuestros blogs cuando hayamos muerto“.
CSS da mucho de sí, sobre todo si no tienes más.
El pre_get_posts() de los pobres

Gabriel Celaya: “España en Marcha”.

Nosotros somos quien somos.
¡Basta de Historia y de cuentos!
¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.

Ni vivimos del pasado,
ni damos cuerda al recuerdo.
Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

Somos el ser que se crece.
Somos un río derecho.
Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

Somos bárbaros, sencillos.
Somos a muerte lo ibero
que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

De cuanto fue nos nutrimos,
transformándonos crecemos
y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.

¡A la calle! que ya es hora
de pasearnos a cuerpo
y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.

No reniego de mi origen
pero digo que seremos
mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.

Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.

Recuerdo nuestros errores
con mala saña y buen viento.
Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño.

Vuelvo a decirte quién eres.
Vuelvo a pensarte, suspenso.
Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo.

No quiero justificarte
como haría un leguleyo,
Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.

España mía, combate
que atormentas mis adentros,
para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.

Gabriel Celaya – De: «Cantos iberos» – 1955

Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta,1​ conocido como Gabriel Celaya (HernaniGuipúzcoa, 18 de marzo de 1911-Madrid, 18 de abril de 1991), fue un poeta español de la generación literaria de posguerra.

Entre 1927 y 1935 vivió en la Residencia de Estudiantes, donde conoció a Federico García LorcaJosé Moreno Villa y a otros intelectuales que lo inclinaron por el campo de la literatura, llevándolo a dedicarse por entero a la poesía. Combatió durante la guerra civil española en el bando republicano y estuvo preso en un campo de concentración en Palencia.

Gabriel Celaya – Wikipedia

La Autopista del Sur. En casa.

Llevamos más de dos meses en casa y no dejo de pensar en “La Autopista del Sur” de Julio Cortázar.

“Es el principio del cuento donde luego la experiencia se alarga durante meses y meses…”

Lo que empieza como un simple atasco (encierro) termina extendiéndose durante días, semanas, meses… El cuento habla de cómo lo cotidiano se convierte en excepcional. De la supervivencia y del trabajo en equipo. De cómo las situaciones extremas sacan lo mejor y lo peor del ser humano.

Lo temporal se vuelve definitivo. Lo terror convive con cotidiano. Lo extraordinario de convierte en trivial.

“Es como si Cortázar nos dijera que los proyectos y paradigmas individuales no triunfan en una catástrofe social si no es inscriben en un proyecto grupal”.

María Elvira Luna
Sigue leyendo “La Autopista del Sur. En casa.”

Límites

De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.

Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano*.

Hay, entre todas tus memorias, una
que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.

¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino*.

Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son lo que me ha querido y olvidado;
espacio, tiempo y Borges ya me dejan.

Jorge Luis Borges – El otro, el mismo (1964)
Grabación: “Borges por él mismo” (1967)

The Last Ringbearer

The Last Ringbearer (RussianПоследний кольценосецPosledniy kol’tsenosets) is a 1999 fantasy book by Russian author Kirill Eskov. It is an alternative account of, and an informal sequel to, the events of J.R.R. Tolkien‘s The Lord of the Rings.[1]

Eskov bases his novel on the premise that the Tolkien account is a “history written by the victors”.[2][3] Eskov’s version of the story describes Mordor as a peaceful constitutional monarchy on the verge of an industrial revolution, that poses a threat to the war-mongering and imperialistic faction represented by Gandalf (whose attitude has been described by Saruman as “crafting the Final Solution to the Mordorian problem”) and the racist elves.[2]

The Last Ringbearer – Wikipedia

The book has not been published in English officially but it can be found in archive.org

The back story to the book, written by the author Kirill Yuryevich Eskov, can be found here.