Conducta en los Velorios

De “Historias de Cronopios y Famas” (1962)

Leído por el propio Julio Cortázar.

No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.

En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.

English version

  OUR DEMEANOR AT WAKES

 We don’t go for the anisette, we don’t even go because we’re expected to. You’ll have guessed our reason already we go because we cannot stand the craftier forms of hypocrisy. My oldest second cousin takes it upon herself to ascertain the nature of the bereavement, and if it is genuine, if the weeping is genuine because to weep is the only thing left to men and women to do between the odors of lilies and coffee, then we stay at home and escort them from afar. At the most, my mother drops in for a few minutes to represent the family; we don’t like to superimpose our strange life upon this dialogue with shadow, that would be insolent. But if my cousin’s leisurely investigation discloses the merest suspicion that they’ve set up the machinery of hypocrisy in a covered patio or in the living room, then the family gets into its best duds, waits until the wake is already under way, and goes to present itself, a few at a time, gradually but implacably.

  In the barrio Pacífico, affairs are generally held in a patio with flowerpots and radio music. For these occasions, the neighbors agree to turn off their radios and the only things left are the pots of jasmine and the relatives, alternating along the walls. We arrive separately or in pairs, we greet the relatives of the deceased, you can always tell who they are—they begin to cry almost as soon as anyone walks in the door—and go to pay our last respects to the dear departed, convoyed along by some close relative. One or two hours later, the whole family is in the bereaved house, but although the neighbors know us well, we act as if each of us had come on his own account and we hardly speak among ourselves. Our acts are governed by a precise method by which to select conversational partners with whom one chats in the kitchen, under the orange tree, in the bedrooms, in the hallway, and every once in a while one goes out for a smoke in the patio or into the street, or takes a stroll around the block to air political opinions or talk sports. We don’t spend too much time sounding out the feelings of the closest relatives, small tumblers of cane liquor, sweet mate, and the cigarettes are the bridge to confidences; before midnight arrives we are sure we can move remorselessly. Generally, my younger sister is in charge of the opening skirmish; cleverly placing herself at the foot of the coffin, she covers her eyes with a violet handkerchief and begins to cry, silently at first, but to that incredible point where the handkerchief is sopping wet, then with hiccups and gasping, and finally she sets out upon a terrible attack of wailing which obliges the neighborhood ladies to carry her to the bed prepared for such emergencies where they give her orange water to sniff and console her, meanwhile other ladies from the neighborhood look after the nearby relatives infected by the crisis. For a while there’s a pile-up of folk in the doorway of the room where the loved one lies in state, whispered questions and answers, the neighbors shrugging their shoulders. Exhausted by a force for which they themselves have had to go all out, the relatives diminish their demonstrations of grief, and just at that moment my three girl cousins set off into a weeping without affectation, no loud cries, but so touchingly that the relatives and the neighbors feel envious, they realize that they can’t just sit there resting while strangers from the next block are grieving in such a fashion, again they rise to the general lament, again space must be found on beds, fanning old ladies, loosening belts on convulsed little old men. Usually my brothers and I wait for this moment to make our entrance into the viewing room and we place ourselves together about the coffin. Strange as it may seem we really are grief-stricken; we can never listen to our sisters cry but that an infinite dismay fills our breasts and we remember things from childhood, some fields near the Villa Albertina, a
tram that cheeped taking the curve at the calle General Rodriguez in Ban-field, things like that, always very sad ones. We need only to see the deceased’s crossed hands for a flood of tears to demolish us all at once, compelling us to cover our abashed faces, and we are five men who really cry at wakes, while the relatives desperately gather the breath to match us, feeling that, at whatever cost, they have to make it evident that it’s their wake, that only they have the right to cry like that in this house. But there are few of them and they’re faking (we know that from my oldest second cousin, and it lends us strength). Hiccups and fainting fits accumulate in vain, the closest neighbors back them up with their consolation and considered meditations, it’s useless, carrying or leading them off to rest and recuperate so they can throw themselves renewed back into the struggle. Now my father and elder uncle spell us, there’s something that commands respect in the grief of these old men who’ve come from Humboldt Street, five blocks away if you count from the corner, to keep vigil on the one who has passed away. The more coherent neighbors begin to lose their footing, they finally let the relatives drop and go to the kitchen to drink grappa and comment on the state of affairs; some of the relatives, debilitated by an hour and a half of sustained weeping, are sleeping very loudly. We relieve one another in turns, without giving the impression, however, of anything prearranged; before six in the morning we are the acknowledged masters of the wake, the majority of the neighbors have gone back to their houses to sleep, the relations are lying around in different postures and degrees of bloatedness, dawn falls upon the patio. At that hour my aunts are organizing strong refreshments in the kitchen, we drink boiling coffee, we beam at one another passing in the entryway or the bedrooms; we’re a bit like ants, going and coming, rubbing antennae as we pass. When the hearse arrives the seating arrangements have already been decided, my sisters lead the relatives to take final leave of the deceased before the closing of the coffin, support them and comfort them, while my girl cousins and my brothers push forward to displace them, cutting short the final farewell, and remain alone with the corpse. Exhausted, wandering around displaced, understanding vaguely but incapable of reacting, the relatives let themselves be led and dragged, they drink anything brought to their lips and answer the loving solicitude of my sisters and cousins with vague and inconsistent protests. When the time has come to leave and the house is full of relations and friends, an invisible organization, but with no loopholes, decides every movement, the funeral director respects my father’s instructions, the removal of the coffin is accomplished according to the suggestions of my elder uncle. At one point or another, relatives arriving at the last moment start a querulous and disorderly attempt to regain possession; the neighbors, convinced that everything is proceeding apace, look at them scandalized and make them be quiet. My parents and my uncles install themselves in the first car, my brothers get into the second, and my girl cousins condescend to take one of the closer relatives in the third, in which they settle themselves wrapped in great black or purple shawls. The rest get into whatever car they can, and there are relatives who find themselves obliged to call a taxi. And if some of them, revived by the morning air and the long ride, plot a reconquest at the cemetery, they’re in for bitter disillusion. The coffin has barely arrived at the cemetery gates when my brothers make a circle around the orator picked by the family or friends of the deceased, easily recognizable by his long, sad, funereal, and prepared face and the little roll of paper bulging from his jacket pocket. Reaching out their hands and grabbing him, they soak his lapels with their tears, they clap his shoulders softly with a sound like tapioca pudding, and the orator cannot prevent my youngest uncle from mounting the platform where he opens the speeches with an oration that is the very soul of truth and discretion. It lasts three minutes, it refers solely to the deceased, it marks the limits of his virtues and notes his defects, and there is humanity in every word he says; he is deeply moved, and at times it is difficult for him to quit. He has hardly stepped down when my oldest brother takes to the platform and launches a panegyric on behalf of the neighborhood; meanwhile the neighbor designated to this task tries to get through a crowd of my sisters and cousins who weep buckets and hang onto his vest. An affable but imperious gesture of my father’s mobilizes the funeral-parlor personnel; they set the catafalque softly in motion, and the official orators are still standing at the foot of the platform, mashing their speeches in their wet hands. Normally we don’t bother to conduct the deceased to the vault or sepulcher, but usually make a half turn and exit all together, commenting on the incidents during the wake. We watch from a distance the relatives running desperately to grab hold of one of the ropes holding the coffin and fighting with the neighbors who have meanwhile taken possession of the ropes and prefer to carry it themselves rather than let the relatives carry it.

Let’s go to Lacock

Most posts are about the past but this one is about the future.

Alicante – Bristol

The Fox Talbot Museum is housed in a sixteenth-century barn once used as stables. It tells the story of the birth of photography with objects and technology from the early years of photography, and hosts changing photography exhibitions in the Upper Gallery.

The Fox Talbot Museum and gallery at Lacock
Let’s go there.

MrFoxTalbot approves!

El loco de la vía

El loco de la vía vivía por donde corría con monotonía el tren a horario,
con atraso, pero todos los días.
Tenía una casa barata, chata, además de lata, techo que había hecho
con esos desechos que se encuentra a gatas, en la precaria orilla ferroviaria.
Tenía un perro puntiagudo, con alma de felpudo, que siempre estaba echado,
como entredormido, parecía cansado con solo un ladrido.

Con un grillo minúsculo atornillaba crepúsculos
y en el barro violeta de la quieta cuneta,
una luna roja de sangre se le antoja la luz de la barrera.
El loco de la vía abría a las mañanas una ventana nueva
con cortinas finas de estrellas vepertinas
y en el humo alargado de su fuego gastado se elevaba y ondeaba
una blanca bandera más alta y más grata que la del guardabarreras.

Tenían una mirada suburbana entre verde y cansada
y aunque veía parecía que ya no mirara
o que no le importaba todo lo que había.
Una voz de vino, amarga que a muchos les dolía,
y cuando el tren pasaba con su marcha cansina, rutina encadenada,
él no decía nada, pero, se sonreía, y molestaba, claro al oficinista
que desviaba la vista con el sentido práctico de los burocráticos
que viven de rodillas tras la ventanillas
y que creen sólo en las cosas que están en las planillas.

A la señora beata santa mojigata con alma de rosario y de pecado diario
que con recogimiento y arrepentimiento de confesionario
siempre se escondía del loco de la vía, claro, como no pedía…
¡ah! si hubiera ido por la sacristía,
si hubiera sido como los demás que lamían consuelos no le molestaría,
y hasta pagaría con una limosna la paz en el cielo.

Al señor pudoroso, serio, moralista, ese que da el asiento correcto,
educado que por las noches vive en el mareo loco devaneo
de plumas de coristas y un amor pagado,
al pseudo inteligente con cara de valiente, de duro intransigente,
que se cree reformista, que cuando lo veía, al lado de la vía,
al sol sin la camisa, desafiar al mundo con su risa,
comprendía que él, también iba en el tren, el de todos los días.

Al político retórico, crítico porque no lo votaba el loco de la vía,
y a los vendedores y a los prestamistas porque no compraba y no se vendía,
a los poderosos porque era orgulloso,
a los desgraciados porque no era esclavo,
a la hipocresía porque no creía y a los mansos porque se comprometía,
claro, les molestaba porque aún callado, nunca se callaba,
es que era un mal ejemplo el loco de la vía, había que aplastarlo,
borrarlo, desterrarlo, no vaya a ser que un día quieran imitarlo,
es un enemigo, vive al sol, no es mendigo y hasta, a veces, canta,
es un subversivo…; y vinieron veinte carros de asalto,
cuatro de explosivos, un camión de la perrera,
un destornillador para aflojar los grillos, máscaras antigases,
carros autobombas, sesenta mil mangueras
para aplacar el humo blanco de su blanca bandera.

Le aplastaron la casa barata y chata,
le expropiaron al perro puntiagudo con alma de felpudo.
El loco de la vía reía todavía, y gritó libertad, con su voz que dolía,
–éste ya está en la lista– dijo el oficinista,
y la santa señora en un avemaría pasaba la alcancía,
el señor circunspecto miraba muy correcto,
los hipócritas se compadecían,
el político crítico con sentido analítico dijo que era anárquico,
que su fin era típico; los poderosos repetían con gozo: es un ejemplo claro;
la libertad no existe, decían los esclavos,
y los mansos con quietud de remanso rezaban
y un curita les decía: arrodillados hijos, siempre arrodillados, hijos.

Y así se lo llevaron al loco de la vía.
Y en su lugar de lata de lunas escarlatas,
con ventanas nuevas todas las mañanas,
con cortinas finas de estrellas vespertinas,
picotean el crepúsculo de algún grillo minúsculo
unas cuantas gallinas.

Murió a los 71 años Rafael Amor, militante de la canción testimonial. El trovador argentino radicado en España desde 1974 falleció en la ciudad de Lanús, provincia de Buenos Aires.

https://www.telam.com.ar/notas/201912/418740-murio-a-los-71-anos-rafael-amor-militante-de-la-cancion-testimonial.html

El hambre no avisa nunca. Vive cambiando de dueño.

“No le llames extranjero” – Rafael Amor

They’re trying to kill me

“They’re trying to kill me,” Yossarian told him calmly.
No one’s trying to kill you,” Clevinger cried.
Then why are they shooting at me?” Yossarian asked.
They’re shooting at everyone,” Clevinger answered. “They’re trying to kill everyone.”
And what difference does that make?”

Joseph Heller,  Catch 22

19th century Brewster-type stereoscope

A remarkable item has landed the Gomez-Velasco camera collection: A 19th century Brewster-type stereoscope.

Stereoscopy (also called stereoscopics, or stereo imaging) is a technique for creating or enhancing the illusion of depth in an image by means of stereopsis for binocular vision.[2] The word stereoscopy derives from Greek στερεός (stereos) ‘firm, solid’, and σκοπέω (skopeō) ‘to look, to see’.[3][4] Any stereoscopic image is called a stereogram. Originally, stereogram referred to a pair of stereo images which could be viewed using a stereoscope.

Most stereoscopic methods present two offset images separately to the left and right eye of the viewer. These two-dimensional images are then combined in the brain to give the perception of 3D depth. This technique is distinguished from 3D displays that display an image in three full dimensions, allowing the observer to increase information about the 3-dimensional objects being displayed by head and eye movements.

Stereoscopy – Wikipedia

All the carved Brewster-type stereoscopes I have found. like this one, are from the 19th century.

The is a this 1870-1879 French Brewster-type stereoscope made in France, sold for a wopping US $712.45.

This other stereoscope is dated circa 1910. Sale price: £189.00

Below is the closest model I have been able to find. This one has slightly sharper edges and the woodwork and engravings are different, but the general shape, mirror hatch, and eyepieces are almost identical:

This instrument is a trapezoidal-shaped box with curved edges made from mahogany for viewing pictures in 3 dimensions. In front, two converging lens eyepieces adjusted for focal length with rack and pinion mechanism.

The whole supported on a brass-telescoping pillar with black painted tripod feet. On the opposite side of the lenses, two lateral openings for the insertion of stereoscopic pictures on cardboard or tissue and a sheet of frosted glass to diffuse the light through the tissue picture.

On top, a hinged mirrored door that acts to reflect light for frontal illumination of cardboard pictures The mirror is in poor condition. Internally, the box is darkened and is divided into two parts with a center partition that prevents each eye from perceiving the image of the other.

Sir David Brewster (1781-1868) was a Scottish physicist who invented the kaleidoscope and this reflected light lens stereoscope. He also discovered the polarization phenomenon of reflected light.

Brewster Stereoscope Mahogany 19th Century ($500!)

Placencia, Plasencia, Plencia, Plentzia… ¿Valencia?

I noticed how on this Google maps overlay (kudos to David Rumsey) Plentiza was labeled as Valencia.

Inicialmente me pareció que le etiqueta se refería a Bakio pero más abajo veréis que efectivamente es Plencia.

Interestingly enough, the original Spanish name was kept for Plentzia (Valencia) but the city of Valencia was translated to the French (Valence).

El mapa estaba en francés y el nombre la Valencia “de verdad” estaba traducido como Valence, lógicamente.

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Obituario – Wallace Shaw

Whenever you are feeling lost, ask Uncle Wallace

churreriadigital.com

Hoy me he enterado casi por casualidad de que Wallace ha muerto. No era alguien con quien hablase a menudo y pasé poco tiempo con él, pero a veces hay personas que se cruzan en nuestra vida únicamente para hacerla mejor y salvarnos de nosotros mismos. Eso fue Wallace en la mía. Desde que he visto sus fotos sabiendo que ya no está, tengo un nudo en el estómago que no parece que vaya a deshacerse en unos días. Noto cierta flojera en los brazos y en las piernas. Tristeza física.

Recuerdo a Wallace en la Taberna El Sur, a la vuelta de mi casa de la calle Tres Peces, cuando allí el plato estrella eran los huevos rotos con pisto y con una fuente comíamos cuatro. No sé cómo había conocido a Jose, pero venía con él y eso nos bastaba. Sentados en aquellos taburetes pequeños e incomodísimos, él…

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